Borangame: por gamers para gamers

 

¿Nunca has pensado que tu consola, que tu fuente de entretenimiento y diversión, merece algo más?

 

 

No estoy hablando de embellecimientos o mejoras, estoy hablando precisamente de la consola, del objeto en sí, de la zona en que se encuentra, de la posición en que la has relegado. ¿Alguna vez has pensado en el hecho de que has dejado por meses, años, o incluso más tiempo, a tus fuentes de entretenimiento, a la deriva, sobre el primer lugar disponible, sin dedicarle jamás el espacio real que se merecen después de todo lo que te han divertido? Si la respuesta es sí, entonces esto es lo mismo que yo he pensado hace mucho en el 2012. Pero primero demos un paso hacia atrás.

Me llamo Marco Boranga, y antes que nada soy un gamer. De hecho, quizás sea mejor decir que siempre lo he sido. Desde que era un niño (¡cuando aún tenía cabello!) siempre he sentido una gran pasión por los juegos de video. Probablemente te estarás preguntando cómo lograba jugarlos en aquella época, ya que estamos hablando de algunos años atrás. En tu curiosidad está la respuesta: en la época no existía la disponibilidad tecnológica del mundo actual, pero ya existían los computadores. Gracias a mi pasión, he aprendido y comenzado a programar en mi propio DOS para crearme los primeros videojuegos, claramente muy banales y de seguro no tan elaborados como los juegos actuales. Aún recuerdo cuando, en el 1998, he pasado del computador a las consolas, tan pronto como vi en ellas una fuente específica para mi diversión, a diferencia del computador que era útil también para otros fines.

 

También debes saber que he crecido en una familia que desde principios del siglo XX trabaja con los materiales metálicos, en particular con el hierro y, como era usual de la época, entré en una compañía desde joven. El trabajo me quitaba un montón de tiempo y, considerando el hecho de que también había formado una familia, el tiempo para pensar en mi entretenimiento personal y en las consolas era prácticamente nulo. Tan nulo que, para dedicarme a mi pasión principal, debía esperar que todos se fueran a la cama para luego permitir algunos momentos breves de ocio.

 

Todos los compromisos cotidianos me estaban alejando de la que era mi primera y única pasión, aquella que tenía desde que era un niño, es decir, aquella por los videojuegos.

 

Cada vez más, con el pasar del tiempo, sentía el deseo de tener un espacio propio, un lugar donde tener momentos de relajación que me permitieran desconectarme del resto del mundo, incluso si era sólo por poco tiempo. Sentía la exigencia de tener un espacio reservado, mío, lejos de posibles manos torpes; un espacio físico protegido de la familia, de persona que pudieran tocar, aunque sea sólo por accidente.

 

En resumen, sentía el deseo de crear mi espacio vital como jugador.

 

Tal vez no hayas probado la alegría de tener hijos, pero me imagino que puedas comprender la misma sensación en caso de que tengas a una o más personas con quienes compartas tu casa: siempre hay alguien que, aunque sea por accidente, entra en contacto de manera peligrosa con la consola. Constantemente.

 

A mí me sucedió a menudo con los niños, al ser pequeños y curiosos, siempre tenían la tendencia de querer tocar la consola. Pero tengo la certeza de que alguna vez te ha sucedido a ti, con manos indiscretas que, no deliberadamente, han puesto en riesgo tu fuente de entretenimiento.
¿Acaso no es así?

 

En pocas palabras: tenía el deseo de proteger mi pasión y de crear mi propio game room personalizado, incluso cuando tenía poco espacio a disposición.

 

Porque además del valor económico (no es como si te regalaran las consolas), lo que me molestado muchísimo hubiera sido el valor emotivo, conectado a la fuente de mi relajación cotidiana, de ocio para lidiar todos los problemas comunes de la vida. Aún recuerdo ese día del 2012 como si fuera ayer: estaba jugando, pero mi mente estaba concentrada en el problema que me estaba torturando desde hace días. Quería encontrar una solución para diseñar este espacio protegido o reservado.

Quería que la consola tuviese su propio espacio, la misma cosa para los pads; quería darle valor a este espacio, quizás con una iluminación específica; además quería, ya que estaba allí, conseguir una solución para aquella infinidad de cables que se enredaban por doquier como si fueran serpientes esparcidas por la habitación. Intenté conseguir algunas soluciones, pero en la época no conegí ninguna.
Dada mi experiencia en la elaboración del metal, me dije: “Marco, debes diseñarlo y crearlo tú”.
No había ningún otro modo.

 

Dediqué algunas horas de las semanas siguientes para crear un diseño viable para la creación de este espacio, para la creación de un verdadero y propio altar votivo para mi consola.
Después de días de diseños, numerosos errores y problemas de varios tipos, había llegado a una solución, que en la época parecía el top.

 

Había creado, sin saberlo, aquello que sería el primer soporte de Borangame.

 

Una vez terminado, lo lleve a casa para probarlo en la que se convirtió en la zona “experimental” de todos mis proyectos nuevos y productos para las consolas. El resultado era óptimo: la consola ahora tenía su espacio dedicado, lejos del alcance de manos indiscretas. Los cables estaban arreglados y ordenados como nunca antes de ese momento. El fruto de mi entretenimiento ahora estaba seguro, sostenido por soportes de metal robusto, protegido de posibles golpes o vibraciones de cualquier tipo.

 

Sobre todo, mi consola ahora estaba allí, en su espacio especial, un espacio que decididamente merecía. Algunos días luego, unos amigos fueron a verme. Ellos también tienen una pasión por los videojuegos; sabemos que las personas similares tienen amigos con los mismos intereses. Yo le enseñé lo que había creado porque tenía curiosidad de saber su opinión. A pesar de lo que esperaba, no me dieron opiniones positivas.
Pensaban que debido a mis habilidades con el metal, pude haber hecho algo mucho mejor. El diseño era banal, los soportes muy grandes, la consola poco valorada.

 

Y en efecto, tenían razón. Sólo que yo estaba muy satisfecho con lo que había creado para darme cuenta de eso solo. Aunque al principio me sentí decepcionado, luego pensé en las palabras de mis amigos: y tenían razón, ¡pude haber hecho algo mucho mejor y sin hacer grandes esfuerzos! Y eso he hecho.

 

Yo tomé el proyecto y lo mejoré por todas partes, prestando atención a cada pequeño detalle.

 

Lo creé, lo instalé en casa y llamé de nuevo a los amigos que me habían rechazado la primera versión. ¿Quieres saber qué pasó?
Bueno, quedaron tan maravillados por lo que había creado que todos quisieron uno para instalarlo en sus casas. Creé una docena de prototipos, que le regalé a mis amigos gamer más cercanos; quería que ellos también tuvieran un espacio dedicado para su fuente de entretenimiento y relajación. Debo decir con orgullo que todos aceptaron con mucho gusto mi regalo. Les gustaba tanto que uno de ellos, un día, me preguntó por qué no lo había comercializado.

 

¡Y no lo había pensado!
Como el artesano que era, pensé en realizar el producto en una serie muy pequeña, nunca en meterlo en el mercado. Pero esta idea que me había metido en la cabeza no era para nada una mala idea. Ya tenía la empresa de elaboración del metal, ahora debía hacerle un poco de publicidad y ver si el producto se vendía. Y también en esta ocasión así lo hice, y también esta vez salió bien. Creé la Borangame y comencé a distribuir los soportes, pasando de pequeña a grande producción gracias a la maquinaria y a la alta tecnología que estaba disponible en la compañía.

 

Continué trabajando en proyectos cada vez más limpios para mejorar los soportes una y otra vez, hasta llegar a la introducción de la ventilación en la estantería metálica, de las luces led, de los sistemas para esconder los transformadores y los cables.
En mi casa aún tengo la estación “experimental” para probar todas las ideas que me vienen a la mente, probar los nuevos proyectos y ver si las nuevas soluciones son efectivamente mejores a las viejas.

 

 

Y a pesar de todo esto, nunca he dejado de jugar.

 

Creé la Borangame como un jugador (si quieres, me conseguirás aquí Playstation o aquí Xbox), analizando los problemas que probablemente también tú, como yo en el lejano 2012 has tenido: no le estás dando tanto énfasis a lo que te ayuda a desconectarte del mundo, aquellos que te ayuda a relajarte, aquello que te entretiene y ¡no tienes un espacio de juego digno del gamer que está en ti!

 

Y logré crear las únicas estanterías para consolas garantizadas de por vida en el mundo.

 

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